miércoles, 3 de julio de 2013

Más allá del cielo


Nunca supe que la muerte podía estar tan cerca de mi vida, hasta que un día por una simple consulta medica mi vida había cambiado, como el cambio de primavera a verano, como cuando eres madre o como cuando te gradúas de la universidad... 

Pero sobre todas las cosas nunca me había detenido a pensar siquiera en que el tiempo se agota, las oportunidades se van y muchas veces tus sueños pueden estar muy lejos de la realidad... 

Para empezar me casé con Josh a los 24 años de edad. Podría decirse que era una mujer con la suficiente inteligencia como para darme cuenta de que el matrimonio no es algo para tomárselo a la ligera, sino tomártelo como que decides compartir tu camino y ir con esa persona en la misma dirección, aunque  desafortunadamente no me di cuenta a tiempo de que estaba perdiendo mi matrimonio. 

Cuatro años después de casarme tuve una pequeña hija a la que llame Katherine. Mi hija creció con muchos lujos a su alrededor, tal vez esa sea la razón por la que es un poco caprichosa, pero en el fondo es una niña tan dulce como su padre. 
  
Un tiempo después de que mi hija cumpliera los cinco años, descubrí que estaba embarazada. Tuve otra linda niña a la que llamé Elisa. Los primeros años de convivencia entre Katherine y ella no fueron muy fáciles, pero poco a poco se fue encaminando la relación entre ellas dos.  

Mi marido y yo siempre llegábamos cansados del trabajo y no teníamos casi tiempo para hablar, pero un día él se sintió muy mareado en el trabajo y lo llevaron directamente al hospital, se había desmayado. Me llamaron al teléfono móvil y no tardé en llegar hasta aquel triste lugar. Mientras caminaba por ese pasillo, con el corazón gritándome  para traspasar mi pecho, intentaba mantener la calma. Me dispuse a entrar en la habitación, respiré hondo, abrí la puerta y entré; Vi a mi marido como nunca me imaginé verlo, tenia la cara pálida, las manos muy frías y casi podía sentir su dolor cuando lo mire así. Abrió los ojos lentamente y me dijo "no quiero que me veas así". No pude contenerme y, sin más, mis lágrimas empezaron a caer lentamente recorriendo mis mejillas como si se deslizaran con aceite, hasta caer en las manos de mi marido que estaban entrelazadas con las mías. 

Llegó una enfermera y me dijo que el médico me esperaba en su consultorio. Fui rápidamente hacia donde se encontraba. Mis manos temblaban tanto que apenas podía agarrar el pomo para abrir la puerta. Cuando por fin logré reunir fuerzas y entrar en esa habitación el médico me dijo que mi marido tenia cáncer de médula. La noticia me revolvió por dentro, sentía que el mundo se desvanecía, lo único que quedaba en mi cabeza era esa insistente palabra que latía: "Cáncer". 

No tardé mucho en volver a la realidad. El doctor había seguido hablando, mas yo no podía prestarle atención, me dolía tanto pensar que aquello pudiera ser real que prefería imaginar que estaba en la cama, abrazada a mi marido y siendo víctima de una horrible pesadilla. Sin embargo, la realidad se me clavó en el corazón como una flecha envenenada y las palabras dejaron de ser un eco para convertirse en claras y nítidas. Mi amor necesitaba ayuda, un trasplante y no dudé ni un segundo en alzar mi mano para pedir que analizaran si era compatible con él, pues ésa era la única opción que me quedaba. Ya sólo podía rezar implorando para que mi médula ósea fuera la que él necesitaba. No me importaban las consecuencias, ni el dolor, porque a quien yo necesitaba era a él. 

Pasó el tiempo, se me hizo eterna la espera, el veneno que me había llegado al corazón no había tardado en recorrer todo mi flujo sanguíneo. Quería una respuesta e imploraba que fuera un "Sí". 

Una sala de espera blanca y fría. Ése era mi escenario y esperaba a que el protagonista saliera, esperaba que dijera su diálogo y la obra no se convirtiera en tragedia,  pero esto no era un cuento de hadas y los finales felices a veces no existen... Mis esperanzas eran como ondas de agua se habían hecho grandes, pero en cuento llegaron a la orilla desaparecieron. 

Empezaron a pasar los meses y no aparecía ningún donante. Mi esposo estaba cada vez más desesperado. El doctor nos recomendó empezar con la quimioterapia cuanto antes, pero no nos dio un porcentaje elevado de éxito, es más, la cifra no llegaba a los dos dígitos.   

Pasaron dos años muy duros para mi y para mi familia , el cáncer seguía hay aunque mi esposo seguía mostrándome su sonrisa radiante cada mañana al despertarme a su lado pero yo sabia que por dentro lo inundaba un inmenso dolor. yo por dentro daba las gracias porque así al menos las niñas no sufrían, aunque no podríamos ocultarles todo esto durante mucho tiempo. Ellas eran pequeñas, pero sabían que algo malo sucedía. Aún recuerdo aquella fría mañana en la que Katherine apareció llorando en la cocina y me dijo "Por favor mami, no dejes que papá se muera". Aquellas palabras que salieron de la boca de mi pequeña hija de siete años provocaron que mi corazón diera un vuelco y, aunque las ganas de gritar hacían que me doliera la garganta, simplemente dejé que ella llorase sobre mi hombro mientras yo la calmaba con dulces palabras, pero sin poder evitar que unas pequeñas lágrimas cayeran por las comisuras de mis ojos, pero siempre en silencio... Siempre en silencio...  

Me sentía como en una burbuja de la que no podía salir , pero la burbuja estalló de forma abrupta y sentí como finalmente caí en un pozo sin fondo. Ese día estaba otra vez entre las paredes de ese hospital que se había convertido en el escenario de mis pesadillas. Una vez más en esa sala, ausente de todo lo que sucedía con  mi esposo. 

Unas horas después el doctor apareció para decirme exactamente lo que no quería escuchar: A  mi marido  ya no le quedaba tiempo, ya lo habían trasladado a la UCI y el médico me explicó que la muerte vendría en cualquier momento, que lo último que quedaba por hacer era decir adiós... 

Entré en la habitación y ahí estaba mi marido otra vez en la cama del hospital me acerqué a él y me dijo "Déjame hablar para contarte lo que necesito que sepas antes de morir". No pude contener las lágrimas así que me salieron una tras otra, mientras él me decía aquellas palabras que con solo escucharlas una vez pude memorizarlas: "Cuando nos conocimos jamás pensé que pudiéramos tener esta historia que no está escrita en papel, sino en nuestros corazones. Esa mirada con esos ojos tan bonitos que me cautivaron y esa sonrisa que me enamoró, esos labios que deseé besar y ese pelo que quise acariciar, pero ahora sólo quiero decirte y recordarte que la vida sigue y que ahora me voy pero tú tienes la oportunidad de seguir aquí y ver crecer a nuestras hijas, que son una parte de mí y no olvides nunca que por muy lejos que yo esté siempre estaré en tu corazón acompañándote vayas a donde vayas. Sé que no puedo pedirte que no estés triste por mí, sé que no puedo pedirte que no me eches de menos, pero sí te pido que intentes ser feliz y sonrías y que cuando mires atrás puedas sonreír al recordarme y no ponerte triste, porque quiero que veas los buenos momentos, que son los que de verdad importan, los malos déjalos a un lado y perdóname por dejarte sola ahora. Te amo...·". 
Intenté respirar hondo para poder decirle lo que sentía en ese momento, pero las palabras se convirtieron en lágrimas, en abrazos y en besos...  

Actualmente sigo viviendo en la misma casa, pero después de estos diez meses tan largos sigo yendo a un psicólogo para que me ayude con mi situación. Sus consultas no me hacían sentirme más feliz, ni conseguían que olvidara el dolor, pero sí que me volviera cuerda y me diera cuenta de que si entraba en depresión afectaría no solo a mi vida, sino también a la de mis hijas.
En la cuarta visita me dijo algo que me hizo darme cuenta de lo mal que estaba: "No va a volver, no sirve que lo esperes".  

Estas palabras me obligaron a recapacitar. En cuanto llegué a casa ese día, entré en mi habitación. Su ropa estaba pulcramente colocada sobre la cama, esperando a que llegara su dueño y se pusiera el pijama. Las sábanas descolocadas, esperando a que él se pusiera bajo ellas y el vaso de agua que tenía en la mesita de noche, esperando a que sus labios se posaran en el borde para dar otro sorbo en medio de la noche. 

No sé exactamente cómo sucedió, pero hubo un momento en el que cuando miré su ropa ya no estaba, la cama estaba hecha y el vaso en el lavavajillas. No había sido consciente de que había deshecho todas aquellas pequeñas acciones que mi amor había realizado en vida y que yo opinaba que aún lo mantenían atado a mí, pero es que ya no me hacía falta recordarlo de aquella forma, porque él estaba conmigo, en esa habitación, dentro de mi corazón, ayudándome a respirar. Le dije adiós, pero nunca se fue realmente, nunca se irá, siempre estará a mi lado.

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario